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Hay algo revelador en el acto de destruir un calefactor en invierno. No es solo vandalismo —una palabra que nos resulta muy cómoda de esgrimir para sacarnos el problema de encima, asumiendo que es obra de cierta gente—, sino una declaración muy específica. Una que dice, con más elocuencia que cualquier discurso: "si yo no importe, ¿que puede importarme el otro?".


Y sin embargo, el otro si que importa, y uno mismo también. Porque estamos ahí, uno al lado del otro, tiritando porque no entendimos que lo que le hacemos al lugar común nos afecta también. Siempre.


En un comunicado a los padres, la EEST N°1 informó esta semana que los calefactores dañados de forma intencional meses atrás, finalmente fueron reparados. Pero que los sanitarios de varones de planta baja sufrieron ahora destrozos similares. El comunicado del equipo de conducción es, en su tono, notablemente generoso ya que no acusa, no castiga desde las palabras, sino que convoca a encontrar una solución. Pero entre líneas hay una pregunta que ningún comunicado puede esquivar del todo. ¿Cómo y porqué llegamos hasta acá?


La respuesta fácil es "algunos pibes no tienen valores". Cómoda, limpia, y esencialmente inútil.


La respuesta más incómoda —y más verdadera— tiene que ver con algo que solemos olvidar: destruir lo común no es un acto que le ocurre al otro. Es un acto que nos ocurre a nosotros mismos. El calefactor roto es el frío de todos, incluyendo el de quien lo rompió. El baño destrozado es la incomodidad futura de quien lo destruyó, porque en algún momento tiene que volver a usarlo. No hay forma de escapar a esa paradoja. Cuando dañamos el espacio compartido, nos dañamos. El vandalismo, en ese sentido, no es siquiera un buen negocio para quien lo ejerce.



¿Por qué ocurre entonces?


Porque en ese momento —en ese instante en que la mano golpea lo que no debería golpear, lo que importa no es el mañana. Lo que importa es algo más inmediato y visceral: la sensación de poder sobre algo. De dejar una marca. De existir, aunque sea destructivamente. Y eso, lejos de ser un problema de "valores ausentes", es un síntoma de algo más profundo y peligroso. La necesidad de ser visto, de importar de alguna manera, de contar para alguien.


La escuela pública —la técnica y todas las demás no es un edificio neutral. Es uno de los pocos espacios donde el acceso al conocimiento, a las herramientas y a un futuro mejor, no depende del apellido ni del barrio. Destruirla no es rebelarse contra el sistema; es destruir la única palanca de ascenso real que muchos de esos mismos jóvenes tienen disponible. Esto hay que dejarlo claro, sin catastrofismo pero sin eufemismos.


El comunicado, que la institución elevó a los padres, convoca al Consejo Institucional de Convivencia (CIC) e invita a las familias a ser parte activa de ese encuentro, no como espectadoras sino como protagonistas. Es una invitación a pensar colectivamente estrategias concretas como pueden ser fortalecer el respeto por lo público y cuidar el espacio que es de todos. Y antes de que esa reunión ocurra, la escuela pide algo muy sencillo pero a la vez muy difícil. Algo que en este medio no nos cansamos de recomendar: hablar en casa. Escuchar a los jóvenes. Renovar, en lo cotidiano, el compromiso con los valores que definen a una comunidad. Pero eso, lamentablemente, no puede suceder si los adultos no entendemos que de nosotros depende.


Ojalá los primeros en acercarse sean los padres de quienes protagonizaron estos incidentes. No porque deban llegar con la cabeza gacha ni a recibir un reproche institucional, sino porque tampoco es justo —ni honesto— señalar solamente a los jóvenes cuando detrás de ciertos comportamientos hay dinámicas familiares que merecen atención. No se trata del "si me entero te mato" que resuelve nada y daña mucho, sino de algo bastante más exigente: la introspección. El autoanálisis sincero de las falencias que cualquier padre o madre puede estar teniendo en el diálogo con sus hijos. Sin reproche, sin dramatismo, pero con la valentía de preguntarse qué es lo que estamos comunicando en casa, peor aun, qué no estamos comunicadno. Porque una comunidad sana no se construye desde afuera hacia adentro. Se construye desde cada uno de nosotros hacia el resto.


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