Quiero que pienses en alguien. Si la tenés, puede ser ella, tu hija. Si no, una sobrina, una hermana, la hija de tu vecina, o incluso tu amiga. La ves todos los días en la escuela, el barrio o en el almacén al que vas seguido. Ponele cara. Diecisiete años, quizás catorce. Vive a pocas cuadras. La conocés de toda la vida. Imaginá su rutina, el camino que hace al colegio, los audios que manda riéndose con sus amigas, las metas que tiene para cuando termine la secundaria. Incluso las picardías y los desafíos al sistema, porque eso es lo que hacen los chicos. Pensá en esa sensación de seguridad que debería rodearla por el solo hecho de estar en su barrio, en su mundo, con su gente.
Ahora leé esto.
Agostina Vega, 14 años. Córdoba.
El único detenido es Claudio Barrelier, 32 años y acá viene lo que más indigna, como si lo anterior no fuera suficiente. En mayo de 2025 —solo un año antes— una mujer escapó de la casa de Barrelier atada de manos y semidesnuda. Esto generó una causa por privación ilegítima de la libertad por la que estuvo preso solo veinte días. Quedó libre tras pagar fianza, con el irrisorio requisito de presentarse en la fiscalía una vez por mes. Así, un secuestrador circulaba libremente con solo una restricción mínima. Aquella mujer tuvo suerte.
Agostina no.
El femicidio impactó profundamente en la política cordobesa al revelarse que el concejal peronista Ricardo Moreno no solo gestionó empleo para Barrelier en la Municipalidad, sino que también fue su defensor en la causa de 2025 por privación ilegítima de la libertad. Resulta alarmante que un hombre con antecedentes de secuestro contara con el respaldo laboral y legal de un funcionario público electo. Si lo vemos en una de Hollywood nos parece un tropo de tipos malos, pero acá es una norma. ¿No me creen? Para los que tienen poca memoria les dejo unos botones de muestra:
- 2023 - César Sena, Emerenciano Sena y Marcela Acuña (Clan Sena): condenados por el femicidio de Cecilia Strzyzowski y relacionados con el entonces gobernador chaqueño Jorge Capitanich.
- 2003 - Antonio Musa Azar (ex jefe de Inteligencia de Santiago del Estero): procesado por los femicidios de Leyla Nazar y Patricia Villalba. La investigación reveló una "maquinaria de encubrimiento" donde funcionarios policiales y políticos utilizaron su poder (incluyendo un zoológico privado) para cometer y ocultar los crímenes.
- 1990 - Guillermo Luque (hijo del diputado Ángel Luque): principal acusado por el femicidio de María Soledad Morales.
Y si más escarbamos, más mugre encontramos y no es casualidad. Porque esto ya tiene pinta de ser una red de poder y encubrimiento. En este caso la red funcionó hasta que ya los hilos no dieron para más. Hasta que el costo político de seguir cubriendo a Claudio Barrelier fue mayor que el costo de abandonarlo a su suerte.
Dulce María Beatriz Candia, 17 años. Eldorado, Misiones.
La familia de Dulce vive en la extrema pobreza. Su mamá tiene una discapacidad intelectual y en ese momento se encontraba cuidando a un familiar internado en el hospital Samic de Eldorado. Esto que cuento no es un dato de color, es el contexto que explica todo lo que vino después.
Cuando Lilian Maciel —la madre de Dulce— fue a hacer la denuncia el mismo día en que perdió contacto con su hija, la mandaron a otra comisaría. Le dijeron que ahí, donde intentaba denunciar, la jurisdicción no era de esa dependencia, que tenía que ir al kilómetro 2. Pero Lilian no tenía plata para el colectivo, de yapa, es diabética e hipertensa. "No podía caminar dos kilómetros hasta la otra comisaría", diría luego a los medios. Recordemos que la familia Candia vive en el barrio Avanti, en situación de extrema vulnerabilidad económica.
Que quede claro: una madre desesperada fue a pedir ayuda y el sistema judicial, ese que fue creado con el único fin de protegernos, la mandó a caminar —porque no tenía auto ni medios económicos para ir— por un asunto de jurisdicción. Porque venía del barrio equivocado.
Los protocolos vigentes establecen que las denuncias por averiguación de paradero deben recibirse de manera inmediata, sin necesidad de esperar 24 o 48 horas. El protocolo existe pero nadie lo aplicó. Y mientras Lilian Maciel intentaba resolver cómo llegar a la comisaría del kilómetro 2, su hija ya llevaba horas en manos de quien aún decidía sobre qué hacer con ella.
Los vecinos de Eldorado fueron categóricos: "Jamás hicieron alerta por la desaparición de la nena. Jamás hicieron Alerta Sofía por ella, lo dejaron así, como algo normal."
La Alerta Sofía es un sistema de difusión masiva para búsqueda de menores desaparecidos. Es un protocolo creado con pasos muy precisos sobre qué y cómo hacer las cosas ante la desaparición no voluntaria de un menor. No se activó. No se tomó denuncia. Quienes finalmente alertaron a la policía sobre el cuerpo fueron los propios vecinos del barrio El Tucán, cuando empezaron a notar un olor extraño y nauseabundo. La policía, según denunciaron, no la estaba buscando ni viva ni muerta.
El cuerpo de Dulce apareció en avanzado estado de descomposición dentro de una cámara séptica en una obra abandonada. La autopsia confirmó la muerte por asfixia mecánica. El principal sospechoso es Mario Alberto Yung, un remisero de 46 años que ya tenía una relación previa con la víctima y que a día de hoy se encuentra detenido, imputado por femicidio, tras haber sido señalado como el principal sospechoso. Este fue el trágico desenlace de un vínculo entre un adulto y una adolescente de 17 años en un contexto de pobreza que nadie investigó a tiempo.
Peor aún, el caso no hubiera tenido ninguna relevancia para los medios locales —que se limitaban a reproducir la versión policial— si no fuera porque en ese mismo momento el país entero ya estaba siguiendo en vivo el caso de Agostina Vega en Córdoba. Dulce pasó por la vida sin que a la sociedad le importara. Solo se supo que existía 24 horas después de que encontraran su cuerpo. Muerta, ahí sí, generó la atención que viva no consiguió jamás.
El patrón
Dos provincias distintas, dos familias que nunca se conocerán. Pero el esquema es el mismo: una adolescente vulnerable, un hombre mayor que la conocía, un sistema que no se preocupó ni accionó, y al final una muerte por asfixia mecánica. Pará mi acá hay algo más que coincidencias. El patrón es claro: cuando el otro molesta hay que hacerlo desaparecer y si de asuntos sexuales se trata la asfixia parece una buena solución. Un patrón que se repite porque nadie lo rompe.
Hablemos claro: la impunidad que llevan encima estos tipos y que los lleva a matar no es imaginaria. Es concreta, probada, para colmo, validada por el entorno. Barrelier tenía un concejal que le gestionaba la defensa. Por su lado las organizaciones feministas de Misiones denuncian al ministro de Seguridad provincial Marcelo Pérez por las estadísticas de femicidios en la provincia, que superan el promedio nacional. En ambos casos, hay nombres propios detrás del fracaso institucional. Funcionarios que juraron servir pero que miran para otro lado. Que priorizan la comodidad política sobre la vida de una chica.
La relación entre Agostina y su asesino era indirecta pero de confianza: él era la expareja de su madre y mantenía una relación de amistad con la familia, aunque ya no estaban en pareja. La evidencia obtenida hasta el momento (testimonios de vecinos, análisis de los contactos de la víctima y geolocalización), apunta a que Yung era un conocido cercano que se ganó la confianza de Dulce y de su entorno. Mismas formas, lobos disfrazados de ovejas.
Estos hombres no se sienten intocables por delirio mesiánico. Se sienten intocables porque, hasta cierto punto, lo son. Porque el sistema les enseñó que, con los contactos correctos, con el abogado indicado, con el barrio en la jurisdicción justa, las consecuencias se pueden administrar. Y esa sensación de impunidad es la antesala del paso siguiente, aquel que ya no tiene vuelta atrás. Y todo esto nos lleva al punto siguiente.
Hablemos de patriarcado

Antes de seguir, me permito una aclaración para quienes sienten que la palabra "patriarcado" suena a bandera política: entiendo la resistencia. Esa palabra llegó al debate público cargada de ideología, brechas y eslóganes y hay quienes la usan más como garrote dogmático que como tema de análisis filosófico. Sin embargo, que el término se use como herramienta ideológica no invalida la existencia del fenómeno. Negar un problema real solo porque su nombre nos resulta incómodo o ajeno es, precisamente, lo que permite que dicho problema persista.
El patriarcado no es una conspiración de señores con máscaras de carnaval que se reúnen en mansiones oscuras. Es algo mucho más banal y por eso mismo mucho más peligroso. Es una subcultura implícita, tan incorporada a lo cotidiano que casi no se nota. No necesita voluntad explícita para funcionar. Se transmite. Se hereda. Se reproduce sin que nadie lo decida conscientemente. Es, si acaso, un mero trámite burocrático del día a día cultural.
Está en el chiste que todos festejan en la mesa familiar y que hace de la violencia algo gracioso. En el "algo habrá hecho para provocarlo" que alguien dice cuando se entera de una pelea de pareja. Está en el padre que festeja a "ese galancito" cuando su hijo de ocho años o menos, besa a una compañera sin pedirle permiso. En la madre que le enseña a su hija a no salir sola de noche, pero no le enseña a su hijo que un NO es un punto final que no debe insistir en quebrar.
Esos gestos pequeños —los que no aparecen en ningún expediente judicial, los que jamás van a salir en un noticiero— son los más peligrosos de todos. No porque sean graves en sí mismos, sino porque fertilizan el suelo. La violencia extrema no surge de la nada. Surge de décadas de pequeñas normalizaciones: la del control como expresión de amor, la del cuerpo ajeno como implemento de satisfacción propia, o la de la mujer como joya o trofeo que se posee y no como persona que decide.
Barrelier y Yung no se convirtieron en asesinos de la noche a la mañana. Antes hubieron señales y conductas toleradas —incluso encubiertas— por la sociedad. Una mujer afortunada (sic) escapando con las muñecas atadas a las que el sistema procesó como un trámite burocrático. Una desaparición de persona, minimizada al absurdo y tal vez tomada como posible aventura de adolescentes. Adultos deseosos de carne joven con la que saciar su sed ancestral de Machos Alfa en decadencia. Y quizá lo más nefasto y repulsivo de todo, la traición de quienes, lejos de ser extraños, utilizan el vínculo de confianza preexistente para vulnerar a su víctima.
¿Y por casa cómo andamos?
Hasta acá la investigación. Ahora toca hacerse cargo de las conclusiones. Llega el momento de hacerse la pregunta a la que nadie quiere someterse.
¿Cuántos de los que hoy comparten la foto de Agostina o de Dulce en redes tienen en su círculo a un hombre que controla a su pareja, que la cela, que le revisa el teléfono, que la humilla delante de los demás —y al que todos siguen tratando porque "en el fondo es buena gente"? ¿Cuántos tienen una amiga que normaliza los golpes emocionales que recibe como si fueran cosa del amor? ¿Cuántos hombres dejaron pasar el comentario o chiste denigrante de un amigo sobre una mujer porque plantarle cara hubiera sido incómodo o hubiera roto el ambiente?
Recuerden que la omisión también construye cultura y el silencio es una decisión en sí mismo. Examinar el propio entorno es un acto político tan concreto como marchar. Incluso mejor. Dejar de sostener al amigo que maltrata, no reírse de sus chistes e incluso alejarse, es una forma de hacerlo recapacitar sobre su comportamiento. Desde la primera marcha de Ni Una Menos en 2015 hasta hoy se registraron 3.424 víctimas fatales de violencia de género en Argentina. Once años de carteles, de marchas, de llanto colectivo y el contador no para. Tal vez sea hora de cambiar de táctica, de tomar la riendas y hacer una sincera introspección, porque el cambio que sirve, casi siempre, comienza por uno.
Agostina quería vivir. Dulce también. Para que la próxima vez realmente no haya Ni una menos debemos entender que todos debemos hacer nuestra parte. Lo que pasó es tremendo, pero hagamos que sus muertes sirvan al menos para decir basta. Que sirvan como catalizador de ese futuro, que necesitamos construir, implicándonos en el cambio.









No hay comentarios.:
Publicar un comentario