
Como un lago sin viento, cuya superficie refleja el cielo con nitidez. Por un momento cesa la lucha: el pasado no reclama, el futuro no empuja.
Sin embargo, al callar, el ruido interno persiste. Rara vez logro aquietarlo; y cuando sucede —cuando soy agua calmada—, queda solo una presencia limpia, una conciencia sin peso.
Entonces, todo se ordena.
Comprendo que el silencio no nace de la ausencia de estímulos, sino que aparece por sí mismo. No se alcanza negando el mundo, sino dejando de ser arrastrado por él.
Al principio era esfuerzo: denso, incómodo. Hoy me acompaña incluso en movimiento. Cuando surge un pensamiento, me pregunto: ¿soy esto que pienso?
De esa pregunta emerge un vacío que no es carencia, sino amplitud. En ese punto, el silencio deja de ser práctica y se vuelve identidad.
Es mi palabra.




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